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La Reforma llega por el oír y el oír por la Palabra de Dios

Texto del sermón predicado el 29 de octubre, en el culto de conmemoración de la Reforma. Lamentamos no proveer audio o video de la ocasión.

Pasaje: 2 Reyes 22.1 – 23.3 | Descargar sermón (PDF)

Tema: Reforma y la Palabra de Dios

Título: La reforma viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios

Introducción

El motivo que nos reúne hoy es histórico. Solo pensar en la palabra “historia” muchas ideas diferentes vienen a nuestra mente, aunque sin duda, pensamos en algo que ya pasó. En mi experiencia como estudiante, sin negar mi responsabilidad que tenía por aprender independientemente del profesor o profesora, fueron pocos los que trataron de incentivar el valor que tiene la historia más allá de hechos que parecieran que nada tuvieran que ver con nosotros, como eventos aislados, podemos reconocer algunas de sus consecuencias, o recordar sus fechas, pero poco a poco, y en especial, en un país como el nuestro, se hace cada vez más evidente el desprecio por la historia al ver como año con año, ciertas efemérides no son más que simplemente un feriado. Un pretexto para tener un fin de semana largo.

Esta carencia que inicia desde las aulas se traslada también al saber popular. Basta con prestar atención a los refranes, la música y los consejos de hoy, para ver la contradicción que se da en torno al pasado inmediato, ni hablemos de historia de hace cientos de años, sino en nuestras propias vidas.

Por un lado, tenemos refranes como: “Nadie escarmienta en cabeza ajena”. Podemos ver las consecuencias tristes de varias decisiones y acciones en la vida de una persona, sabemos con certeza lo que nos pasará si seguimos ese ejemplo, y a pesar de todo, lo hacemos. No aprendimos de esa historia.

Otras nos parecen enseñar que todo antes fue una maravilla, “Recordar es vivir”. El escritor de Eclesiastés desde esa época nos advierte ante este tipo de pensamiento: “¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueran mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría”.

Tenemos extremos peligrosos. Tenemos los que se quedan encerrados en las partes que les gustó del pasado y olvidan que hay un futuro que aguarda y que hay que enfrentar. Pero el otro extremo, es igual, si no que más peligroso todavía, y es olvidar por completo, y lo curioso, hasta lo cantamos con alegría: “Ya lo pasado, pasado, no me interesa… ya olvidé”.

Sé que hay un contexto para cada una de esas frases, pero hubo un propósito en traer esos ejemplos y es
que realmente no nos sirven, porque a la hora de la hora, son fluctuantes, son cambiantes, no son un cimiento firme que nos ayuden a conducirnos en la vida.

La Biblia en cambio, sí es, no un cimiento, sino el firme cimiento que se le ha dado a la fe. Sé que muchos podemos decir “Amén” a ello, pero la Biblia misma nos desnuda como somos, y que es parte de la condición humana, olvidar, y en particular, cuando se trata de la Palabra de Dios.

El Éxodo inicia contando que después que murió toda aquella generación de José y sus hermanos, se levantó un rey sobre Egipto que no conocía a José. Ignoraba que fue por la revelación de Dios a José que en su momento, los sueños de Faraón pudieron ser interpretados y así conservar la vida de la nación. Olvidaron la historia.

Más adelante parecería que el pueblo de Israel aprendió que no debían olvidar. Cuando cruzan el río Jordán, Josué erige o levanta doce piedras en medio del río y le dice al pueblo: “Así le dirás a tus hijos cuando preguntaren qué significan estas piedras: Israel pasó en seco por este Jordán, porque Jehová nuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de nosotros”.

Hasta señales estaban poniendo. Muere Josué y muere toda aquella generación, y ahora lo que se nos dijo de los egipcios, se nos dice también del que era el pueblo de Dios: “Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que Él había hecho por Israel, se apartaron pronto del camino en que anduvieron sus padres obedeciendo a los mandatos de Jehová; ellos no hicieron así”.

Podríamos continuar con el ejemplo de este patrón de olvido con los diversos jueces que Dios levantó para el pueblo, y eventualmente con los reyes que tendría Israel, hasta llegar a nuestro texto esta tarde, donde el pueblo nuevamente había dejado en olvido la Palabra de Dios, el libro de la ley, pero termina con un cierre esperanzador, porque la reforma llega al final, porque así como la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios, la reforma llega por el oír y atender a la Palabra de Dios
Cuerpo

Entre este olvido y la reforma, hay tres puntos principales que destacan en nuestro pasaje y son los siguientes: 1. Una aparente reforma, 2. el fundamento de una verdadera reforma y 3. los cambios que llevan una verdadera reforma.

Una aparente reforma

En primer lugar, vemos una aparente reforma. ¿Por qué digo aparente? Como les dije al inicio, el motivo que nos reúne hoy es histórico y este pasaje tiene un amplio contexto histórico, que se hace evidente en el versículo dos: “E hizo lo recto antes los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda”.

Si desconocemos el pasado antes de Josías, este versículo no diría mucho, pero si leemos quiénes fueron los reyes antes de él, sabríamos entonces que David no era directamente el padre de Josías, sino que fue Amón, y su abuelo fue el rey Manasés. Entonces las preguntas que salen a relucir son, ¿quién fue este David y cómo fue su reinado para que sea tomado como un referente?

El tiempo es corto para abarcar la historia y reinado de David, pero él, el hijo menor de Isaí, se convirtió en el sucesor del trono de Israel, luego que Saúl fuera desechado. David, del linaje de Judá, si bien se nos narran sus pecados, también nos es descrito como un varón que fue conforme al corazón de Dios. Destaca su enfrentamiento contra Goliat, reconociendo que es de Jehová la victoria en la batalla y así también, su temor a Jehová, al no poner mano sobre Saúl, quien se había vuelto su enemigo, a pesar que tuvo la oportunidad de tomar la vida de él en varias ocasiones, pero no lo hizo porque no él no extendería su mano contra el ungido de Jehová.

El punto es que el reinado y la vida de David se convirtió en un referente. ¿De qué nos serviría que el autor de Reyes nos diga que el reinado de zutano o de fulano fue conforme al de David si no tuviéramos esa historia registrada? No obstante, si tenemos ese testimonio y en varias ocasiones, lo reinados que seguirían al de David serían descritos así: “Y reinó tal persona a tal edad y hasta tal edad, reinó por tantos años e hizo conforme a David su padre o no hizo conforme a David, sino según las naciones vecinas, sino según algún otro rey que fue de todo menos piadoso”.

Tal es el caso de Amón, papá de Josías y de Manasés, abuelo de Josías. Empecemos con Manasés. Leamos el resumen de su reinado en [2 Re. 21.2]. No podemos darnos una idea correcta de la maldad de este hombre porque fue tal, que a pesar de ver todo lo que pasará durante el reinado de Josías, que al final, se nos dice: “Con todo eso, (es decir, con toda la reforma que se llevó a cabo), Jehová no desistió del ardor con que su gran ira se había encendido contra Judá, por todas las provocaciones con que Manasés le había irritado”.

Sorprende también que reinara por 51 años, porque luego llega su hijo Amón, que se nos dice que hizo lo malo ante los ojos de Jehová, como había hecho Manasés su padre, ¡pero solo reinó dos años!

Cuando se comparan estos dos últimos reinados con el de Josías, y en realidad, cuando se compara con muchos de los reinados que hubo en Israel, contando los que hubo a pesar de la separación entre Judá y las demás tribus, este reinado es quizá, junto con el de Ezequías, el más destacable.

No obstante, durante los primeros años fue un cambio aparente, una reforma aparente. Y digo que fue aparente no tanto por Josías mismo, sino por el pueblo. Hago esta salvedad, porque es notorio que el rey ejecutó muchas obras antes del hallazgo del libro de la ley. En [2 Crónicas 34.3-7] se nos cuenta cómo procuró limpiar el territorio de los lugares de idolatría, de las imágenes y esculturas de dioses falsos. Aunque sin saber lo que decía el libro de la ley, posiblemente por influencia de su madre y algunos profetas que Dios levantó durante ese reinado y sin duda, por la gracia de Dios, Josías fue preservado del mal y bien instruido, pero nos hemos percatado que antes que el libro fuera leído, que tanto el sacerdote Hilcías, como el escriba Safán, lo tuvieron, y para saber que se trataba del libro de la ley, tuvieron que examinarlo y leerlo para darse cuenta y sumemos el hecho que el rey no estaría solo cuando fue leído. Los demás encontraron el libro, leyeron y nada pasó (“-! Hombre, pues, esto es Deuteronomio!” y ¡nada!).

Por años, estos hombres y el resto del pueblo ha visto el ejemplo del rey y ellos mismos ser convencidos de actuar de una manera similar, pero era todo una apariencia, eran acciones externas que no reflejaban lo que había en el corazón.

Dos aplicaciones breves se desprenden de este primer punto.

Primero: Destruir una estatua, un altar, es algo que podemos hacer, pero no ataca la raíz del problema, porque nuestros corazones son una fábrica de ídolos. Fácilmente nos engañamos pensando que no somos idólatras por el simple hecho de no rezar a santos ni peregrinar a una muñeca de piedra, y lo más seguro es que hemos hecho de nuestro propio ser, nuestro ídolo.

Nos hemos convencido de que somos buenos y en realidad, al igual que el pueblo de Israel, hemos olvidado el libro de la ley. Preguntamos a las personas y ellos pueden reconocer que no están bien,

“Pues sí, tengo mis defectos, nadie es perfecto, -perfecto solo Dios-, todos somos pecadores… pero en realidad, no soy una mala persona, no me meto con nadie, dejar vivir, dejar hacer”. Y es peor cuando la muerte llega, los primeros días, nadie habla mal, porque ese que murió era una gran persona.

Esto no se limita claramente a los de afuera, dentro de las congregaciones también pasa. Nos hemos satisfecho con cumplir una asistencia, con fijarnos ciertos parámetros de lo que podemos hacer y lo que no deberíamos hacer, en el mejor de los casos, leemos la Biblia una vez al día y si es posible, completa una vez al año, pero en el sentido práctico, el libro de la ley está igualmente olvidado, porque cuando somos confrontados a ella, es nuestro parecer lo que prevalece, la leemos imponiendo nuestro pensamiento sobre ella y nos quedamos con lo que nos gusta, con lo que parece afirmar lo que creemos e ignoramos el resto.

El testimonio de Dios estuvo olvidado durante los días de Josías, lo estuvo hace 494 años y lo está hoy también.

La segunda aplicación sobre esta aparente reforma nos lleva a reconocer que Dios ejecuta con su Palabra lo que quiere y que ésta tiene el efecto que Él desea en los que Él quiere. Muchos leyeron y escucharon, pero solo uno fue quebrantado.

El fundamento de una verdadera reforma

Solo uno fue quebrantado y esto nos lleva a nuestro segundo gran punto: El fundamento de una verdadera reforma. En primera instancia, uno solo no parece un gran número, no parece estar en armonía con la idea de una reforma y un gran movimiento. Ese afán por los números, por reportar grandes cantidades de personas supuestamente convertidas, por cuánto hemos crecido financieramente o cuántos nuevos edificios y bienes materiales hemos adquirido fallan miserablemente como parámetros de una reforma.

¿Estoy diciendo que no quiero un gran movimiento de almas llegar a Cristo? Para nada. Pero lo que hoy se proclama como avivamiento, como el año del Señor, yo declaro esto, yo reclamo lo otro, profetizo el 2012 como el año de la gran cosecha, no tiene relación alguna con la reforma, con la transformación en las vidas producto del Evangelio, tal y como lo muestra la Biblia.

Hermanos y amigos que nos acompañan esta tarde, yo no les voy a decir que el 2012 será el año de la reforma para Costa Rica, pero sí les puedo decir que debemos hacer por lo resta de este año y el que vendrá y todos los demás hasta que muramos o el Señor venga y esto es: predicar todo el consejo de Dios, contenido única y exclusivamente en su Palabra porque el mismo mensaje que humilló y transformó a Josías es el mismo mensaje que humilló y trasformó a Lutero, es el mismo mensaje que nos ha humillado y llevado al arrepentimiento y es el mismo mensaje que, por el poder del Espíritu Santo seguirá despedazando los corazones de piedra y dando corazones tiernos de carne, regenerados para obedecer, que nosotros, habiendo olvidado la ley de Dios, incapaces de cumplirla, Dios envió a Su Hijo, y Cristo el que no conoció pecado, fue hecho pecado para que nosotros fuéramos declarados justos delante del Padre, esto es el Evangelio y el Evangelio es poder de Dios para salvación, porque el justo por la fe vivirá.

Este es el fundamento de la verdadera reforma, el mensaje que solo se halla en la Escritura de la salvación que es solamente por gracia por medio de la fe exclusivamente en Jesucristo para la alabanza de la gloria de la gracia de Dios.

Pero esta gracia no puede ser apreciada cuando se omite en la predicación que hemos olvidado la ley, que somos culpable de toda ella y que somos incapaces de cumplirla. Más bien, los papeles se han invertido y en lugar de ser nosotros los deudores, es Dios quien está en deuda con nosotros, y está a nuestro servicio, es simplemente un medio para que Él satisfaga todas nuestras demandas para dar cabida a nuestros deseos terrenales.

Eso no fue lo que entendió Josías cuando escuchó la ley, ¿qué mandó a consultar? (Notemos que no manda a preguntar solamente por él, sino por todo el pueblo, de nuevo, ha sido el mismo mensaje para toda criatura en todo momento):

Versículo 13: “Id y preguntad a Jehová por mí y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito”.

Somos nosotros los que tenemos que hacer conforme, no Dios quien tiene que conformarse a nuestras demandas y nuestros gustos. Josías, quien ya había derribado varios altares, escuchó las palabras del libro y dijo: No hemos hecho conforme.

Esa es la verdad, no importa cuánto empeño pongamos, no podremos cumplir la demanda de obediencia perfecta que Dios exige, pero a la vez, hay una promesa que es el bálsamo para esa alma que ha sido quebrantada y humillada por la Palabra de Dios, [Isaías 66.2] dice: Yo Jehová miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.

Los cambios a los que lleva una verdadera reforma

Este temblar ante la Palabra, nos introduce a nuestro tercer punto: Los cambios a los que lleva una verdadera reforma. Y por cambios, no tengo en mente las consecuencias políticas, sociales, culturales o de cualquier otra índole aparte de aquellos que conciernen al pueblo de Dios y el mensaje que deben proclamar y el cambio que ese mensaje produce en las vidas de aquellos que lo reciben.

Veamos qué hizo Josías una vez recibió la respuesta de parte de Jehová: [23.1-3]. Nadie podía quedarse sin escuchar la Palabra. Nadie quedaría con la excusa de poder decir, no sé de qué libro y de qué ley me hablas, y lo que es más, el pacto y el compromiso hacia la Escritura.

Guardarla con todo nuestro ser, nuestras fuerzas y nuestras mentes. Lo que pensamos, cómo y cuándo expresamos nuestros sentimientos y emociones, todo está involucrado en cumplir la Palabra. No podemos separar el amor de la obediencia.

Las palabras que leemos aquí son un eco del gran mandamiento, ¿cuál es el gran mandamiento? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente”. Si decimos amar a Dios, amar a Cristo, amaremos entonces la Palabra. El Señor lo dijo con toda claridad: “Si me aman, guardarán mis mandamientos, ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”.

Amar a Dios con todo nuestro ser, corazón, fuerzas y mente, es amar su Palabra, guardarla como un tesoro, y esto es, obedecerla, porque en obedecer hallamos delicia. “Me regocijaré en tus mandamientos, los cuales he amado”, dice el Salmo 119.47.

¿Qué es entonces guardar la Palabra con todo el corazón y con toda el alma? Se resume en hacer lo que está escrito. Y este hacer se puede dividir de dos maneras. Por un lado, hacer aquello que no estábamos haciendo, leemos la Biblia y vemos, el Señor nos manda a esto y no lo estoy haciendo, hagámoslo. En segundo lugar este hacer, es dejar de hacer, y es dejar de hacer aquello que no es conforme a lo que Dios nos enseña.

Vemos un ejemplo de ambas situaciones en la verdadera reforma traída por la Palabra. Más adelante Josías está haciendo de nuevo una limpia de ídolos. [23.4-8]. ¿Cuál es la gran diferencia? Antes de que encontraran la ley de Dios, uno pudo haber preguntado, ¿por qué están derribando los altares y quebrando las estatuas? “Porque el rey Josías así lo ha querido, así lo ha mandado, nosotros seguimos el ejemplo del rey”. Pero ahora podemos preguntar, ¿por qué están quitando todo esto y por qué lo llaman abominación? Porque el Dios de Israel lo ha mandado así, no una mera tradición, no un mero seguir lo que la autoridad dice sin dar un fundamento adecuado para ello, sino que Dios ha dicho explicítamente: “No tendrás dioses ajenos delante de mí ni te harás imagen de ellos, Yo soy Jehová el Dios de dioses”.

Guardar la Palabra, cumplirla es dejar de hacer aquello que explícitamente Dios desaprueba y repudia, y que no nos ha mandado a hacer.

Pero es también hacer lo que debemos y no hacemos. Ellos siguen leyendo la Palabra y se dan cuenta que hay una Pascua que no han celebrado: “Pero, ¡Señores, también hay una Pascua que no hemos celebrado y debemos celebrar, y celebremos esta como Dios manda! [21.21-23].

Debemos caer de rodillas cada vez que vemos cuánto nos falta para glorificar a Dios en todo lo que hacemos, cuando incluso lo más cotidiano como el comer y el beber debe ser hecho para su gloria, y nos falta para guardar el día del Señor como Él quiere que lo guardemos, que demostremos nuestro amor por los hermanos en la fe que nos ha dado, un amor que corrige y exhorta, que se goza y entristece y que está atento a las necesidades. ¿Estamos bautizando y observando la cena del Señor conforme a lo que está escrito? Son preguntas válidas que no debemos dar por sentado que ya estamos haciendo lo mejor que se puede hacer.

Conclusión

Esta es la exposición de nuestro texto. Antes de concluir quiero compartir dos puntos de cierre con ustedes, el primero es un breve marco histórico de por qué consideramos que esta época de Josías guarda mucha similitud con lo que sucedió hace 494 años y por qué estimamos que es necesario que suceda de nuevo en nuestros días y el segundo punto y final, unas palabras de aliento y paz, que tenemos por parte de Jehová en este mismo texto.

Marco histórico:

¿Por qué afirmo que hay tanta similitud? Como en los días de Josías, la Biblia era un libro olvidado hace 500 años. ¿No habían Biblias? Claro que habían, pero no estaba a disposición del pueblo y las que habían no estaban en el idioma que el pueblo pudiera entender. De entrada, nuestro época es distinta, porque más bien, ¿quién no tiene una Biblia? Hay tantas ediciones disponibles, tantas versiones, letra gigante, letra chiquita, letra roja, versión arco-iris, con concordancia, sin concordancia, de bolsillo, Reina Valera 1909, 1960, 1995, Nueva Versión Internacional, de las Américas. Hay para todo gusto, pero eso no quiere decir que no esté olvidada. En muchos casos está de adorno, no me la toquen, fue un regalo que me hicieron, ¿pero está llena de polvo? “Déjela así, no quiero que nada le pase”. Tenemos nuestros pasajes, nuestro salmo favorito, ¿y el resto? “No sé, es que este es el que me gusta”. En sentido literal y figurado, nuestras Biblias están guardadas en un escritorio o en la biblioteca. No la estudiamos, pastores no la predican, la leen, pero lo que predican es su parecer y su opinión, no se confrontan ante ella ni exponen todo el consejo de Dios. Rehuimos los textos controversiales o difíciles.

También, fue el estudio de la Escritura que convenció al pueblo del pecado de la idolatría, y fue el estudio de la Escritura que convenció a Lutero del error de las indulgencias.

¿Qué es un indulgencia? Una indulgencia es la remisión (suspensión, anular la sentencia o la pena) del castigo temporal a causa del pecado, la culpa del cual ha sido perdonada, y esto gracias al tesoro de méritos y satisfacciones de Cristo, de María y de los santos.

Así es, un tesoro de méritos, en su vida esos santos acumularon tantas buenas acciones delante del Padre, que quedó un excedente para el beneficio de los demás mortales, incluyendo a los difuntos. Cabe destacar que originalmente las indulgencias no se vendían, pero la necesidad de dinero, para construir la Basílica de San Pedro y hacer frente a las guerras, hizo que se viera en las indulgencias un gran negocio. Johann Tetzel, uno de los más destacados vendedores, es reconocido por estas palabras: “En el mismo instante en que la pieza de moneda resuena en el fondo de la caja, el alma sale del purgatorio”.

¿Dinero = favor de Dios? ¿Nos suena familiar ese razonamiento verdad? El falso evangelio de la prosperidad queda en evidencia en el momento que predicamos la verdad, pero para predicar la verdad, hay que saber cuál es esa verdad y estudiarla. Siempre será así, el error, la herejía, la falsedad, saldrá a relucir cuanto más nos aferremos a la verdad y anclados en ella, no seremos movidos.

Tenemos una armadura, tenemos algo mucho mejor que un martillo, tenemos la espada de doble filo para hacer frente a esta batalla, y hermanos, no estamos peleando a la ventura, no estamos en una guerra de resultado incierto, Cristo ya dio la promesa de la victoria: Las puertas del Hades no prevalecerán, tenemos la certeza de la victoria, porque Cristo ha vencido y luchamos sabiendo que es cuestión de tiempo para que el día del juicio llegue, cuando nuestro Señor vuelva glorioso por su pueblo, pero nos corresponde despertar de este letargo, de este sueño y levantarnos, ceñir nuestros lomos y hacer conforme a lo que está escrito.

Promesa:

Cierro entonces con una promesa que tenemos en este texto para alentarnos en nuestro deber. Leamos [22.18-20]. Lo curioso sobre esta promesa de paz es la forma como muere Josías. Por morir en paz hubiéramos imaginado a un Josías, lleno de años, viejito, muriendo tranquilamente en su cama, sin dolor, sin sufrimiento. Pero no fue el caso. Al final de cuentas, Josías fue también un hombre falible, un hombre todavía en un cuerpo corrupto por el pecado, y salió a una batalla que no debía y murió en el campo de guerra. Una muerte que aconteció a reyes perversos como Acab. Pero la promesa de Dios se mantuvo, Josías no vio el mal que vendría y vio paz en sus días, aunque su muerte es un recordatorio de nuestra débil naturaleza. Nosotros también tenemos una promesa de paz. Hermanos y amigos, con todo y que en Costa Rica vengan días de un despertar y de volver al verdadero Evangelio, el juicio eventualmente llegará. El día del Señor vendrá para ejecutar su justo juicio sobre los impíos, pero, para los que aman a Jesús, para los que por la fe han recibido y creído que la obra de Cristo es suficiente para limpiarnos de toda maldad y que nos viste de justicia delante del Padre, que de enemigos ahora somos hijos, tenemos paz para con Dios. Estamos en paz, no tememos el juicio, por el contrario, gemimos, ¡Oh Cristo, ven pronto! Vendrán días de enfermedad, de persecución, pero esas aflicciones son temporales, y no se comparan con la paz y la gloria venidera, mientras tanto, sujetos a la Palabra, la Reforma vendrá cuando la Biblia es tomada con la seriedad y dada el lugar debido que tiene y merece.

SOLI DEO GLORIA