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Lleva tus ojos a Cristo

Texto: Marcos 8.22-26, Mateo 9.27-31

Tema: Los milagros de Jesús

Título: Pon (Lleva) tus ojos en (a) Cristo

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Introducción

[Leer Mateo 9.27-38, Marcos 8.22-26]

En esta mañana veremos estos dos milagros. En una ocasión anterior agrupamos tres milagros en un solo sermón, debido a la brevedad de los relatos y similitud en el padecimiento, como lo fue en el caso de milagros hechos en sordos y/o mudos y ciego en uno de los casos.

Hoy tenemos dos milagros, tres ciegos a los que les he devuelta la vista. El objetivo de este sermón es que vean. Claramente, yo no tengo el poder de hacer que ustedes vean, en el peor escenario, yo mismo podría ser un ciego tratando de guiar a otros ciegos, pero Cristo sí puede hacerlo, y ruego a Él que hoy muchos ojos sean abiertos, porque muchos esta mañana están engañados de una de dos maneras, porque creen que ven y realmente están en tinieblas, y otros que piensan que no tienen necesidad de ver y ser sacados de su ceguera.

Cuerpo

La ceguera física como tal, es uno de esos padecimientos que no quisiéramos afrontar. Personalmente, entre no poder oír, hablar o ver, prefiero la carencia de las dos primeras habilidades que de la vista. No quiero que ninguna de estas facultades falte, pero, aún si ningún accidente o enfermedad sucediera que me quitara unos de estos sentidos, el paso de los años los va desgastando. La semana pasada, al cantar los himnos y leer las letras proyectadas en la pared, le comentaba a [Rocío] que no estaba consciente de lo mal que estaba. Por dos razones, por años las había estado leyendo las partituras directamente, y además, no andaba mis lentes. Hace unos tres semanas doña Carmen Espinoza se sorprendió de verme con anteojos, y así como ella, algunos de ustedes no me han visto nunca usar lentes, pero tengo que hacerlo ya desde hace unos diez años.

Es parte de mi oficio, pasar mucho tiempo frente a la computadora, lo cual cansa y desgasta la vista. Precisamente, una de las razones por lo cual la vista es tan apreciado por nosotros es porque no solo nuestras labores cotidianas dependen mucho de ella, sino que son pocos los trabajos u oficios que podrían hacerse sin esta. Y si dejara de ver, ¿qué sería de mí como profesional? Pensé. Hay programas y dispositivos que facilitan la manipulación de la computadora, pero no es lo mismo, sin embargo, no imposible.

De hecho, solo los músicos, dentro de los oficios tradicionales conocidos, vinieron a mi mente, como aquellos, que más que de la vista, dependen del oído, para ejecutar sus interpretaciones y bellas melodías en los instrumentos, porque ¿cómo operará un médico sin poder ver el cuerpo de su paciente, cómo diseñará un arquitecto, cómo serían esos edificios o qué será del dibujante, no abstracto, sino que desea representar paisajes y atardeceres? ¿Qué del ebanista, del pintor y así tantos otros? No solo no poder apreciar sus propias obras, sino a los demás hacerlo, sumado a no ver crecer a los hijos, nietos, y el rostro de las personas queridas y las bellezas de la creación.

No quiero extenderme en ejemplos y relatos sino en nuestros pasajes esta mañana, pero quiero tengamos claro lo que significa estar a oscuras. Desconozco entre ustedes si han pasado por cegueras temporales, o si han convivido lo suficiente con ciegos, no es mi caso. Lo más cercano, fue presenciar la frustración de mi madre en el inicio de su recuperación después de su aneurisma, y cómo entrenar ese ojo izquierdo, con un daño permanente, y no obstante, no ciego en su totalidad.

Con la esperanza de hayamos reflexionado en la condición y las consecuencias de la ceguera, dividimos el sermón con cada relato, la curación de los dos ciegos y luego, la del ciego de Betsaida.

A. La curación de los dos ciegos

Veamos primeramente la curación de los dos ciegos. En Mateo, Jesús, posiblemente, después de resucitar a la hija de Jairo, va de pasada hacia su siguiente destino, realmente no podemos afirmarlo con certeza, ya que Mateo no precisa el lugar y tampoco es estricto en el orden cronológico de los relatos hasta llegar a la pasión de Cristo. De todas maneras, ¡qué cuadro se nos describe aquí! Jesús que pasa, y dos ciegos se le unen en su recorrido: ¡Ten misericordia de nosotros, hijo de David!

Esta expresión no puede ser tomada a la ligera. ¿No era Jesús el hijo de José? Estos dos hombres, ciertamente ciegos físicamente, demostraban que su entendimiento espiritual discernía quién era realmente Cristo.

En este pasaje es importante hermanos tener el cuidado de no estirar la analogía de la ceguera física con la espiritual, más allá de lo que realmente se permite dentro de las reglas de interpretación y mantener la armonía con el resto de la Biblia. Los ciegos espirituales no buscan a Cristo. Nosotros leemos en Juan 3, que la luz vino al mundo, pero los hombres la despreciaron.

Y esta es la condenación; que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas. Juan 3.19-20

Los hombres no solamente no pueden ver, sino que aman estar en oscuridad.

No podemos deducir de este pasaje que exista tal capacidad en las personas, para buscar de su condición espiritual sin que medie la obra regeneradora del Espíritu Santo. Aunque sutil, es el mismo error del pelagianismo, que como conclusión dice: Si Dios manda algo, es porque tenemos la capacidad de cumplirlo. Nada más apartado de la verdad.

Sin embargo, esto no quiere decir que no podamos desprender enseñanzas para nuestras vidas espirituales. Todo lo contrario. ¿Quién imaginaría que estos dos hombres tendrían tal grado de comprensión?

Me fascina la aplicación que Ryle extrae de esta porción de las Escrituras:

A veces se puede encontrar fe en Cristo donde menos se podría haber esperado. ¿Quién se hubiera imaginado que dos ciegos iban a llamar a nuestro Señor, “Hijo de David”? No pudieron, por supuesto, ver los milagros que había hecho; solo podían conocerle por lo que la gente hablara. Pero los ojos de su entendimiento fueron iluminados, aunque los ojos de su cuerpo estuvieran en tinieblas; vieron la verdad que escribas y fariseos no podían ver; vieron que Jesús de Nazaret era el Mesías. Creyeron que Él podía sanarlos. Un ejemplo como este nos enseña que no debemos perder la esperanza respecto a la salvación de alguien simplemente porque viva en una situación desfavorable para su alma. La gracia es más poderosa que las circunstancias. Sin el Espíritu Santo, un hombre puede conocer todos los misterios y vivir a la luz del Evangelio, y aun así estar perdido.

¿Qué excusas daremos para no evangelizar? “Ay, es que pobrecito no sabe leer, ha tenido una vida muy difícil, es que el de niño ya iba a una iglesia y sabe lo que uno le va a decir, es que es un ateo empedernido”. No hay circunstancia que se oponga a la gracia salvadora, si usted es salvo, mejor que nadie sabe que Cristo es más poderoso que cualquier pecador y adversidad que pueda existir, la sangre de Cristo limpia al ser más vil. Las  doctrinas de la gracia no son obstáculo para el Evangelismo, son más bien el fundamento sólido para las misiones y el Evangelio, porque sabremos que habrá fruto. Encontraremos fe en Cristo, donde menos se podría haber esperado.

Cristo mismo nos dejó su ejemplo. [Leer Mt. 8.35-38] ¿Qué es la mies? Aún sigue creyendo que hay alguna virtud en usted para ser merecedor de la salvación. ¿Qué leemos acá? Ciegos, sordos, mudos, enfermos, mujeres con flujo de sangre, prostitutas, jóvenes, muertos, cobradores de impuestos, paralíticos, ricos, pobres. ¡ROGAD, ROGAD al Señor de la mies para que envíe a sus obreros sabiendo que Él es quien redime para que pecadores clamen a viva voz, ¡Ten misericordia, Hijo de David, Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

¡Qué recompensa para la fe de estos hombres! El mismo Mesías les pregunta:

¿Creéis que puedo hacer esto? Para quien no tiene fe, la respuesta es sencilla, no. Solo hay pecadores, y pecadores redimidos por gracia. No obstante, dentro de los inconversos, no todos manifiestan su incredulidad de la misma manera. Hay quienes se oponen a todo lo que tenga que ver con Dios, con la religión, iglesia. Hay unos incluso, que se jactan, orgullosos declaran su necedad a los cuatros vientos, ¡Soy ateo! Y esperan un premio a cambio de tales declaraciones. Otros, más osados, dicen que están bien como están, que no necesitan una relación cercana, personal con Jesús. Pero, hay unos cuya incredulidad se demuestra de forma lamentable y triste (no que las otras formas de incredulidad no lo sean), y piensan, saben que no están bien, que han intentado varios métodos, estilos de vida sin éxito, y creen que Cristo no puede cambiarlos ni satisfacer su necesitada alma. Puedo entender que muchos dicen haber conocido hipócritas y farsantes dentro del cristianismo. Está bien, hay lobos en medio de las ovejas y eso no es un misterio, pero no creo que no hayas conocido ni aun solo verdadero hijo de Dios. Que no veas que aquella persona que en otro tiempo era igual o peor que usted, ahora vive para la gloria de Dios, ese cambio, si lo ves, es de Cristo, y Él puede transformarte esta mañana también, ¿Creéis que puedo hacer esto? Es la pregunta de Jesús. La fe verdadera dirá, ¡SÍ, SEÑOR!, la fe verdadera vendrá como aquel leproso y dirá: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Deja atrás las dudas y el temor, el Hijo de David puede hacerlo. Versículo 29 [Leer 29 y 30A]

Antes de pasar al caso del ciego de Betsaida, es mi deber predicar fielmente las Escrituras, y no puede mi consciencia estar limpiar sin que expongamos lo que sucede en la segunda parte del versículo 30 y en el 31.

Si usted es la primera vez que escucha un sermón de esta serie de los milagros, y sino, como breve repaso, esta situación no es única, varias veces Cristo, después de un milagro hizo una de dos cosas: a) Unas veces ordenó que nada dijeran acerca de lo acontecido, y b) otras veces exhortó a hacerlo. En el primer caso, cuando ordenó que mantuvieran en secreto el milagro, unas veces obedecieron y otras no.

Y debido a que la Biblia no nos da razones explícitas del porqué Cristo lo prohibió en ciertas ocasiones, solo podemos aproximarnos o conjeturar los motivos, pero no podemos ir más allá. Cristo en su sabiduría, sabía con claridad el fundamento de su actuar.

Del lado humano, hemos dicho que podríamos comprender que después de recibir tal misericordia, uno lo que haría es gritarlo y que todos se enteren de lo que Cristo ha hecho por mí. Es más, alguno podría inferir lo siguiente: “¿Pero no que ellos eran ciegos? Si ellos sabían de Cristo, fue precisamente por lo oyeron, no por lo que vieron, porque ni podían ver. Al rato, fue alguno de los que desobedeció y por eso, ¡esos ciegos creyeron!”. De nuevo, esto último es una conjetura, al igual que dar una explicación categórica a la prohibición de divulgar el milagro.

Pero en este momento histórico particular, Cristo tuvo sus razones, y en lugar de proseguir con discusiones poco provechosas, en este u otro motivo y de felicitar o juzgar a los ciegos por lo no hacer caso, veamos nuestras propias vidas. Aquellos entre nosotros que también han creído, cuán fácilmente desobedecemos.

Desobediencia. Hemos recibido tan maravilloso don de la salvación, libertados del pecado y caemos con tal facilidad,

¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que la grosura de los carneros. 1 Samuel 15.22

¡Oh cuán agradecidos debemos estar que nuestra salvación está garantizada por la obra de Cristo y no por nuestras obras! Y es nuestro anhelo agradar a Cristo y demostrar nuestro amor hacia Él, al obedecer sus mandamientos, pero reconocemos que somos débiles y fallamos, y que día a día nos sostiene, y pone en nosotros tanto el querer como el hacer.

Finalmente, para aclarar cualquier malentendido, hoy, en nuestros días, el mandamiento de parte de Cristo es claro: Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. Mateo 28.19-20.

B. La curación del ciego de Betsaida

[Mr 8.22-26] En segundo lugar, tenemos al ciego de Betsaida. No debemos confundirlo con el ciego de Juan 9, porque las palabras de este revelan que alguna vez vio, él dice: “Veo los hombres como árboles”. Implica un conocimiento previo de cómo es un árbol y cómo lucen las personas, además. El de Juan 9, era ciego de nacimiento. Tampoco puede ser el ciego Bartimeo, cuyo relato hallamos en el mismo libro de Marco y bajo otras circunstancias descritas con más detalle, y además está presente en los tres Evangelios sinópticos, por lo que tampoco puede confundirse este ciego ni los dos de Mateo, con Bartimeo.

Vemos que la forma en cómo Jesús devuelve la vista difiere. Acorde con William Taylor, no era del todo extraño el uso de saliva por parte de Cristo, sino que se acostumbraba su uso para aliviar las inflamaciones en los ojos, claro, está, no con uso curativo. Particularmente, no es la primera vez que Jesús usa la saliva, ya lo hizo antes en un sordomudo, mojando sus dedos con saliva y tocando luego con ellos la lengua del sordomudo. Acá lo hace ahora en los ojos de este ciego, y volverá hacerlo más adelante. Llama la atención, que este ciego no vio correctamente en su primer intento, sino después de una segunda intervención. Sería incorrecto dar una explicación, porque el texto no nos la da, pero sí podemos estar seguros que no fue por falta de poder por Cristo. Primero, porque no fueron sesiones de varios días, ni siquiera horas las que requirió para hacerlo. Por el contrario, acabamos de leer cómo curó dos al mismo tiempo y en un instante, y cómo al atardecer sanó multitudes de enfermos con diversos padecimientos. Por una razón que el Señor conoce, quiso en dos tiempos, sanar a este hombre.

Es más, si comparamos cada uno de los ciegos que fueron curados, ningún milagro se parece al otro. Podemos aprender dos cosas, al apreciar estas diferencias:

1. La primera de ellas, se la debemos a Hendriksen. Él dice lo siguiente: “Es un hecho sorprendente que entre las curaciones de ciegos descritas con algunos detalles en los Evangelios, no hay dos que sean iguales. Esto muestra que, en su amor y sabiduría, el Maestro trató cada caso individualmente. Su corazón se enternecía por los necesitados no sólo de forma general, sino por cada uno en particular, de modo que su tratamiento de un caso nunca fue una mera duplicación de lo que había hecho antes”.

Precisamente leíamos en Mateo cómo nuestro Señor se compadecía al ver las multitudes, ya que eran como ovejas sin pastor. Pero como señala el comentarista, no solo fue una compasión y ternura general, sino que se demostró con el cuidado y trato que tuvo en cada milagro que realizó.

2. Sin embargo, hay una segunda enseñanza, a mi parecer. Esta variedad demostrada en cada curación, refleja sí, ese tratamiento personal de Cristo, pero también, que es libre de hacer según su voluntad. Tal flexibilidad, si saliva, con sus manos, por su palabra, a dos tiempos como este en Betsaida, por el borde de su manto, es una prueba contundente que no se trataba de un ritual, o de una secuencia mágica, sino de su poder como el Hijo de Dios encarnado.

Hermanos, si Cristo hubiera seguido un protocolo, un procedimiento rígido en sus milagros, no me extrañaría que pronto nos hubiéramos desviado, centrando nuestra atención en la forma, y no en el fondo, desarrollando un tipo de superstición curandera. “Arrodíllese tres veces frente a la Biblia, rece por media hora, lea el libro de Santiago…” No parecería muy diferente a los que andan con estampas de San Antonio, o cualquier otro santo, o una de las tantas vírgenes María algo que hay.

Es digno de destacar también, que los milagros de Jesús al no ser metódicos, contrastan en gran manera con las aparentes jornadas de sanidad realizadas por los así llamados apóstoles. Una misma rutina, alguien por televisión o dentro del estadio donde se realiza el evento, ve que algo pasa, es curado del mal que padecía, pasa al frente, unas cuantas palabras, y “pum”, al suelo. Lo mismo vez tras vez. Me pregunto cuán populares serían estas jornadas de unción y milagros si Cash Luna o Benny Hinn realmente tuvieran que escupir en el rostro de sus favorecidos. Más que por unción, más de uno se desvanecería por lo desagradable que podría resultar tal experiencia.

Fuera de broma, el Hijo del Hombre declara con sus hechos: No hay una receta, soy yo quien tengo el poder, y sano según mi voluntad, de la forma que es más conveniente para cada alma que atiendo.

Aplicación/Conclusión

Es momento para nuestras consideraciones finales.

1. Las diferencias en los dos milagros que hemos visto esta mañana debe enseñarnos que no debemos esperar el mismo tipo de experiencia que otro hermano. Otra forma de decirlo, no haga de la experiencia de conversión de otro hermano, y las consecuencias asociadas a esta, su regla o instrumento de medición. Aclaro, no estoy diciendo que no debamos imitar la fe, el amor y las buenas obras de otros hermanos. Debemos seguir el ejemplo de aquellos que son más maduros en la fe que nosotros, y debe procurar decir como Pablo, “Sed imitadores de mí, como yo de Cristo”, ¿puede usted decirle eso a otro hermano? “Sea como yo, porque yo quiero ser cada vez más como mi Señor”.

Lo que quiero dar a entender es que tengamos como puntos de referencia cosas semejantes a esta: “Hmm, es que tal hermano se bautizó a tal edad, o a los tantos años de convertido, yo voy hacerlo al mismo tiempo que él, no incluso antes, y seré mejor creyente”. Tal hermano en la fe tiene tantos años como creyente, por eso es que sabe tanto. O por el contrario, medir a otros con respecto a nosotros, “¿Cómo es que aún no sabe estas cosas, si cada nada lo pasan diciendo acá?” En cada verdadero hijo de Dios veremos muestras de la gracia de Dios manifestada, no todos tendremos historias de conversión que puedan parecer espectaculares o sumamente atractivas para ser contadas como si fuera una película de acción, pero esto no indica que no haya actuado en nosotros o en otro hermano, el mismo poder para salvación por medio de la fe.

2. Finalmente, iniciaba este sermón invitando a la reflexión sobre lo diferente y más difícil que serían nuestras vidas si fuéramos ciegos, y eso a pesar que ser ciego hoy no es lo mismo que haberlo sido en la época que leemos de estos tres hombres.

De muchas de las frases que compartió el hermano Steve y que siguen en mi mente, hay una que recuerdo en especial cuando salimos de paseo como congregación, porque justamente fue dicha en uno de esos paseos años atrás, y posiblemente, varios de ustedes la recuerden, “Nosotros nos deleitamos viendo la naturaleza, cataratas, arco iris, los árboles, y saben, no estamos viendo sino cicatrices de la creación, lo que vemos es consecuencia de la caída del hombre, y nos quedamos maravillados, viendo cicatrices”.

Los que estuvieron el miércoles, escucharon acerca de Fanny Crosby. Les comparto el relato. Ella nació ciega. Compuso más de 8000 himnos, una de las compositoras más prolíficas de todos los tiempos. Un pastor escocés le dijo que era una lástima que con tan maravilloso don, el Señor no le hubiera concedido el don de la vista.

Ella inmediatamente respondió, sabe, si el Señor me concediera una petición, pediría que yo naciera ciega. ¿Por qué?, preguntó el pastor asombrado:

Porque, cuando esté en el cielo, el primer rostro que alegrará mi vista, será la de mi Salvador.

Este testimonio impacta de tantas maneras. ¿Qué hemos hecho nosotros con el don de la vista? “Cuidado mis ojitos lo que ven”, no es un coro que es para los niños y que no aplica para los mayores. Y no me refiero exclusivamente a pecados obvios como la pornografía, deleitarnos en ver violencia y muerte o leer chistes indebidos. La codicia y nuestra vista están tan íntimamente ligadas, que casi cuesta distinguir en qué momento el ver pasó a ser codicia y envidia, ya fuera por el esposo o la esposa de nuestro prójimo, por sus posesiones. No me gusta la idea de quedar ciego, por motivos laborales o por no poder ver a las personas que más estimo, pero no me quejo de mi vista por observar lo que no debe. Parafraseando a nuestro Señor: Preferible estar ciego, que entrar con tus ojos sanos al infierno.

Debe ser duro, para el que ha degustado estas cicatrices de la creación y quedar ciego, todavía más difícil ser un ciego sin esperanza de ver algún día. Fanny Crosby sabía bien a quien había creído y que lo vería, y que vería al único digno de recibir toda gloria y honor. Su esperanza hace eco de las palabras de Job:

Yo sé que mi Redentor vive, y en el día final se levantará sobre la tierra; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; Al cual he de ver por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis entrañas se consuman dentro de mí.

El hijo de Dios vive con su mirada en el Salvador, con su mira puesta en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque su vida está escondida con Cristo en Dios, despojados de todo peso y pecado que los asedia, corren con paciencia esta carrera que tienen por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. Considerad a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

[Leer Isaías 35]

¡Ven a Cristo pecador, clama por misericordia al Hijo de David!

Pon tus ojos en Cristo, (o basados en nuestros pasajes, lleva tus ojos a Cristo) tan lleno de gracia y verdad,

Pon tus  ojos en Cristo, y lo terrenal sin valor será

A la luz del glorioso Señor, y únete al canto de los redimidos de Jehová

SOLI DEO GLORIA.