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El mito más creído en la iglesia

Autor: Stevan Henning

Hace mucho tiempo el mono y el cerdo tenían mucho en común. Eran buenos amigos, muy inteligentes y sus colas eran muy parecidas. Un día el cerdo vino a visitar a su amigo y lo halló colgando de la cola en la rama de un árbol de mango. Esa posición le fascinó al cerdo y lo intentó, pero la rama del árbol se dobló por el peso del cerdo. Él siguió buscando donde colgarse de la cola hasta que vio un poste de hierro en la finca de su amo. Subió al poste, enredó el rabo alrededor de él y soltó sus manos, pero el pobre cerdo se cayó nuevamente y así llegó a tener su rabo rizado hasta el día de hoy.

Cuando leemos relatos así, sabemos que son fábulas y mitos. Tienen lugar en los cuentos de hadas, leyendas, y otra literatura ficticia, pero sabemos que no hallaremos tales mitos en las enciclopedias y libros de ciencia porque en esos tomos esperamos encontrar lo que es verdad.

Dios en su misericordia ha establecido un organismo para proclamar la verdad a las naciones. Esta entidad es la iglesia. Ella se llama la columna y baluarte de la verdad porque es fundada sobre la verdad del Señor Jesucristo como instruyó a sus apóstoles. Esa instrucción es el fundamento de la iglesia (Efe. 2:20) y es la fe encomendada una vez a los santos. Dicha fe es veraz, histórica, y confiable. Nos acercamos a la casa de Dios precisamente porque queremos saber la verdad sobre la naturaleza del Dios único y verdadero y para saber lo que él quiere de nosotros. Cuando vamos a una iglesia, no queremos oír la exposición de mentiras ni fábulas.

No obstante, la iglesia ha permitido la introducción de un mito que es sumamente pernicioso porque contamina la verdad y roba a Dios la gloria que él merece. Por años, muchos hombres han intentado matar a este monstruo que ha puesto su ídolo en la casa de Dios para ser adorado y exaltado. Sin embargo, el monstruo sigue vivo y capaz de alejar nuestras mentes de exaltar al Dios verdadero. Además, este mito es una raíz de engaño que permite que muchos se crean salvos sin mostrar los frutos de la salvación verdadera. ¿Qué es este mito? Es el mito del libre albedrío. Antes de continuar permítame definir este término y explicarlo. El libre albedrío es la innata capacidad humana por la cual el pecador clama a Dios para que le salve. Esta capacidad puede ser excitada por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, pero no admite la necesidad de una divina intervención soberana, autoritaria, y final. En otras palabras, aunque Dios tomó muchos pasos para salvar a los pecadores, al fin de cuentas, la salvación depende de la voluntad del hombre. Sin querer, muchos predicadores y laicos evangélicos atribuyen la eficacia de la obra de Cristo a la voluntad del hombre. Según ellos, la muerte en la cruz, la victoria sobre los muertos manifestada en la resurrección, y la mediación actual de Cristo logran nada más excitar la voluntad del hombre para que él pueda tomar la decisión salvífica. En otras palabras, estos hombres dicen que la salvación es del Señor, pero con su enseñanza de que la salvación es eficaz por la voluntad del pecador ellos se contradicen. Afirman que Dios no puede salvar hasta que el hombre esté dispuesto a abrir su corazón al Señor. De verdad, Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos, algo que enseñó Benjamín Franklin pero es una falsedad que está sin ningún apoyo bíblico. Ellos dicen que Dios espera pacientemente esa decisión humana cuando el hombre se decide a responder a los esfuerzos del Espíritu Santo para persuadirlo de su necesidad de Cristo. Sin la cooperación humana, no obstante, el Espíritu divino no puede realizar lo que desea: la salvación del pecador. Según los protagonistas del libre albedrío, la voluntad humana es la bisagra que abre la puerta de la salvación del individuo y Dios voluntariamente se sujeta a dicha voluntad.

A pesar de la popularidad de esta creencia, la Biblia dice otra cosa. La Biblia dice que Dios es el que abre los corazones para que todos los que han creído, creen, y creerán el evangelio pongan su fe en el Señor. Hechos 16:14 dice, “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía.” La Palabra de Dios dice explícitamente que el Señor tocó a Lidia para que recibiera las buenas nuevas de Dios. El caso de Lidia no es único. El libro de Hechos se enfoca sobre el poder de Dios para salvar a los que quiera. No es la voluntad del hombre que inicia o termina la obra de la salvación, sino la voluntad de Dios para salvar a los que son ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). A lo largo de este libro de la historia del evangelio se notará que Dios mismo añadirá a la iglesia los que habían de ser salvos (Hechos 2:47). Él dará la fe y el arrepentimiento a los que creen por su gracia (Hechos 11:18). La Biblia en toda parte atribuye la fe y salvación a la voluntad soberana de Dios. Por consiguiente, debemos de notar tres peligros de esta doctrina humanista: no es bíblica, es ridícula y roba al Señor de la gloria que se le debe por su salvación.

El libre albedrío y las Escrituras

El primer peligro es que el libre albedrío es contrario a la enseñanza bíblica del evangelio. Si somos de verdad un pueblo del Libro, debemos procurar de todo corazón ajustar nuestros pensamientos a la luz de las Escrituras. He aquí, un reto sencillo para los que creen en el libre albedrío: busque un solo pasaje que contenga esas palabras libre albedrío. Tal vez te sorprenda, pero esas palabras no se hallan en las páginas de las Escrituras. Ahora bien, admito que la ausencia de las palabras no prueba nada. Por ejemplo, todo cristiano cree en la Trinidad y esa palabra tampoco se halla en la Biblia. No obstante, es interesante que algo tan aceptado por tantos dentro de la iglesia no tenga ninguna mención en la Biblia.

Ahora, otro reto: halle un solo pasaje que diga explícitamente que la salvación es mediante la voluntad del hombre. Por supuesto, no pudiste hallar tal versículo porque no hay. Por supuesto, hay versículos que asumen nuestra responsabilidad de arrepentimiento y de creer en el Señor y hay muchos versículos que prometen la salvación a los que invocan el nombre del Señor, pero no hay ningún pasaje que dice que Dios espera o depende de la voluntad del hombre para salvarlo. No existen tales pasajes porque sencillamente el libre albedrío no tiene ningún papel en el plan de la redención. No son mis palabras, sino las palabras del Señor.

Mas á todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, á los que creen en su nombre: Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios . Juan 1:12-13.

Mas á Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré. Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia . Romanos 9:15-16.

¿Qué nos dicen estos versículos? Nos dicen claramente que la voluntad divina es la que determina quienes reciben misericordia salvífica. Nos dicen que la voluntad del hombre no tiene nada que ver con nuestra adopción como hijos de Dios. Dios es Padre y un padre es el que engendra a hijos. El Padre celestial no es estéril. No requiere la vitamina de nuestro consentimiento para tener hijos. Él no depende de la fertilidad del corazón del pecador— ¡gloria y gracias sean dadas a Dios porque los pecadores son espiritualmente estériles!—sino que él engendra a hijos conforme a su poder soberano. Como mis cinco hijos no pudieron controlar su nacimiento, tampoco puede el pecador controlar su nacimiento espiritual. Por esta razón, Juan escribió que los que son hijos de Dios no nacieron por la voluntad de la carne ni tampoco por la voluntad de varón, sino de Dios. Cualquier persona que dice que el hombre tiene parte en la determinación de su salvación hace una afirmación sin apoyo bíblico.

Ahora, si la Biblia dice que la salvación no se debe a la voluntad humana, ¿cómo es que hay tantos que afirman que sí? La realidad es que este pensamiento se debe a un prejuicio humano. ¿Cuál es esa presunción? La presunción consiste en pensar que donde existe un mandamiento divino y la responsabilidad humana de obedecer, debe existir la capacidad de cumplir con ese mandamiento. La Biblia nos dice que el hombre tiene que creer en el Señor Jesucristo en su corazón y confesarlo con su boca. La Biblia manda a todos los hombres que dejen la iniquidad y que se vuelvan a Dios. Pero, la pregunta aquí es si los hombres tienen la capacidad para obedecer estos mandamientos. ¿Tiene el pecador que está muerto en sus delitos y pecados la capacidad de dejar de seguir a su padre espiritual Satanás y seguir en pos de Dios? La respuesta bíblica es no.

Repetidamente Dios manda a revelar al hombre su voluntad. Él, siendo misericordioso, quiere que sepamos cual es su expectativa de nosotros. Siendo santo, Dios no puede pedir nada menos que la perfección. No obstante, nosotros siendo pecadores, corruptos desde lo interior hasta lo exterior, hallamos que sus justas demandas son imposibles para nosotros. Él dice, por ejemplo, “Sed perfectos como Dios es perfecto.” Esto es un mandamiento dado a los oyentes pecaminosos del famoso Sermón del Monte predicado por Cristo Mismo. La expectativa de Dios es sumamente alta. ¿Esperaba Cristo que sus oyentes apuntaran una lista de las perfecciones de Dios e intentaran imitarlas? ¡Jamás! Toda imitación sería lejos de la gloriosa perfección de Dios. Sin embargo, Cristo está exigiendo algo imposible. Si usted no me cree, ¿le gustaría intentar cumplir con este mandamiento con su “libre albedrío, dedicación y compromiso? Por supuesto que no. Entonces, ¿por qué exige esta gran imposibilidad? ¿Para frustrarnos? ¡Claro que no! Entonces ¿por qué hace Dios esa demanda que nos es imposible obedecer? Hay por lo menos dos razones. Primero, su carácter exige que él demande la perfección. No puede darles a los hombres luz verde para seguir pecando. Él odia el pecado y ama la justicia. Por esta razón, exige lo que es conforme a su carácter santo. Pero en segundo lugar, Dios frecuentemente exige lo que humanamente es imposible para mostrarnos nuestra necesidad de la salvación en Cristo. Lo que Cristo hizo fue mostrar la incapacidad del ser humano de producir una sola obra que fuera aceptable por un Dios tres veces Santo. Con este solo mandamiento, él destruyó todo pretexto de los moralistas y religiosos de entrar en el cielo por medio de sus “buenas obras.” Además, él demostró la debilidad de la voluntad del hombre. Los fariseos fueron considerados justos, pero Cristo les indicó que su justicia no fue suficiente. Sus propósitos y disciplina y decisiones estaban muy lejos de lo que Dios exige. Lo que cada oyente debía haber hecho fue clamar por la misericordia y perdón que hay en Cristo.

Fue igual con los diez mandamientos. Dios no podría mandar algo en contra de su naturaleza. No podría decir, “Miente cincuenta veces en la vida, pero no cien veces.” Del corazón malvado—mi corazón y su corazón, Sr. Lector—salen las mentiras. ¿Somos capaces por nuestro libre albedrío evitar la mentira? Si usted responde que sí, está mintiéndose a sí mismo. No entiende la maldad de su corazón y mucho menos la santidad y expectativa altísima de Dios. Pero san Pablo explica por qué Dios nos dio la Ley. Fue diseñado para ser una guía al arrepentimiento. En otras palabras, la Ley perfecta de Dios fue creada para mostrarnos la gran pecaminosidad del hombre (Gálatas 3:19, 24). En resumen, Dios exige lo que nos es imposible hacer para mostrarnos su expectativa santa de nosotros y para que busquemos la justicia perfecta de Su Hijo quien obedeció perfectamente por los que confían en él.

Una ilustración final nos ayudará aquí. Como criaturas hechas a la imagen de Dios, nos portamos en una manera parecida, pero obviamente imperfecta. Como padre, yo soy la autoridad del hogar. Siendo un padre que ha recibido perdón divino, yo conozco la maldad de mi propio corazón y, lastimosamente, la maldad de los corazones de mis hijos. Sabiendo todo esto, es interesante que mis leyes no se conforman a la capacidad moral de mis hijos, sino a un estándar recto y bíblico. Exijo que mis hijos no mientan, no roben, no se peguen, no sean idólatras. No obstante, yo sé que mis hijos nunca podrán cumplir esas exigencias. ¿Qué hago? ¿Les excuso por tener corazones contaminados por la caída de Adán? ¿Les felicito por sus buenos intentos? ¿Quito las leyes por unas más tolerantes? No. Corrijo a mis hijos y les instruyo sobre la necesidad de correr al Señor para recibir perdón y ayuda para evitar la violación de las leyes de la casa.

Como resumen hemos dicho que no hay ningún pasaje bíblico que atribuya que la salvación se debe a la voluntad humana. Más bien, hemos visto que la Biblia afirma lo opuesto: la salvación desde el principio hasta el fin tiene todo que ver con la voluntad de Dios. Además hemos manifestado que el concepto del libre albedrío se debe a una presunción de parte de muchos que asumen falsamente que la responsabilidad humana de obedecer los mandamientos de Dios requiere la habilidad de hacerlo. Precisamente aquí, muchos fallan al entender que los mandamientos de Dios y nuestra responsabilidad de obedecerlos deben impulsarnos a clamar a Dios por misericordia. Lo que Dios no quiere que hagamos con sus mandamientos santos, justos y buenos es intentar cumplirlas con más ganas y el esfuerzo de una voluntad excitada. Ahora con esto en mente, veremos qué el concepto del libre albedrío es, según la Biblia, una contradicción de términos. Es, referente al pecador perdido en sus pecados, una gran paradoja.

La naturaleza de las cosas

Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fue así. Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya simiente está en él, según su género: y vio Dios que era bueno. (Génesis 1:11-12).

Cuando Dios creó el mundo, él estableció una ley: todo engendra conforme a su naturaleza. Un león tiene leoncillos. Un perro tiene perritos. Solamente en las revistas más sensacionalistas se hallan cosas como mujeres dando a luz a un bebé con cara de cerdo y cuerpo humano. Nos burlamos de esas noticias. Son fábulas de la peor clase y solamente los más tontos de la sociedad creerían sus noticias grotescas.

Pero hay una fábula más grotesca que cualquiera de ésas. La fábula es que el hombre carnal, muerto en sus pecados, puede engendrar cosas espirituales como la fe y el arrepentimiento y amor para el Hijo de Dios. El mito es que el pecador por su “libre albedrío” puede tener ganas de recibir al Señor sin nacer de nuevo. Cristo mismo dijo, “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

¿Qué significan estas palabras? Primero, todo produce conforme su naturaleza. El árbol se conoce por sus frutos. El árbol de manga no produce sandia y una vaca no produce pollo. La vaca produce carne y el árbol de manga produce mangas. De igual manera, el corazón malo produce solamente cosas malas. No puede producir la fe o el arrepentimiento que son en otros pasajes llamados dones de Dios (Hechos 11:18, 18:27; Efesios 2:8-9; Fil. 1:29; II de Tim. 2:24-25).

Pero hay otro significado a las palabras de Cristo. Los apetitos de la carne son carnales y los apetitos del espíritu son espirituales. Expresado de otra manera, nuestra naturaleza determina lo que haremos. Cristo sabía que el problema de la voluntad del hombre es la esclavitud a su naturaleza pecaminosa y dijo, “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:20). Por esta razón, el hombre perdido en sus pecados tiene que nacer de nuevo, algo imposible para el hombre sin la intervención del Espíritu (Juan 3:5-8). Si algo no cambia en el pecador, seguirá huyendo de la luz porque su voluntad es esclava a su naturaleza pecaminosa.

Podríamos darle al león hambriento solamente melones, sandía, y naranjas y el león moriría de hambre con toda esa fruta rica enfrente de su boca. La razón es que el carnívoro no tiene ningún apetito para el fruto. Así, los autores bíblicos compararon la carne con el espíritu. Pablo, por ejemplo dijo, “Porque los que son de la carne piensan es las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del espíritu.” Pablo continúa y afirma que el libre albedrío no es libre sino un esclavo: Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden .” El mejor teólogo en la historia de la iglesia, un hombre que amaba y no se avergonzaba del evangelio, dice aquí que la carne odia las cosas del Espíritu no puede sujetarse.

Así que, es imposible que el hombre ejerza libre albedrío, dado que tiene un albedrío esclavizado. Isaías niega rotundamente la existencia del libre albedrío escribiendo, “Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti…Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro” (Isaías 64:7-8). Según Isaías el problema de la humanidad es que ellos no tienen la habilidad para apoyarse en el gran Salvador que es capaz de perdonarlos.

El profeta Jeremías también niega la existencia del libre albedrío con una pregunta, “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” Obviamente, el leopardo por su voluntad no puede remover sus manchas ni tampoco puede el hombre con toda su capacidad elevada de razonar cambiar el color de su piel. De igual manera, los pecadores no pueden hacer otra cosa que seguir en la esclavitud de su pecado, no porque sus cuerpos sean malos, sino porque sus corazones son esclavizados al pecado.

La Biblia asume en todas partes que el hombre no es capaz de tomar una decisión por Dios sin la intervención soberana del poder del Espíritu Santo. Juan 6:44 dice que nadie puede venir a Cristo, si el Padre no le trajere. Si expresamos este versículo en una forma positiva podríamos decir, “Si alguno viene a Cristo es porque el Padre lo trajo.” Más tarde en el mismo capítulo Cristo dice que el espíritu da vida, la carne para ninguna bondad espiritual aprovecha. Y cierra sus argumentos con estas palabras, “Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre.” Pero, ¿por qué es así? ¿No nos parece que el hombre tiene libertad para hacer muchas cosas?

El famoso predicador Jonathan Edwards nos ayudará a contestar esta pregunta. Edwards entendió que hay dos tipos de libertad. La primera, él llamó libertad natural y la segunda llamó la libertad moral. La libertad natural es la capacidad innata del cuerpo y la libertad moral es la libertad del corazón.

Ilustraré estos conceptos para usted. Hablemos de la mano. La mano actúa conforme a la disposición de los hombres. Hay personas que roban con sus manos y dedos y hay otros que no. No es la esencia de la mano que difiere en la persona honesta y el ladrón. No hay ningún gene que haga que los dedos roben plata, comida y otras cosas. Tampoco, no hay ningún gene que hace que la mano de la persona honesta evite el robar. El problema no es la mano. La mano tiene libertad natural para robar o no robar. El ladrón, por ejemplo, tiene libertad natural para controlar sus manos para no robar hasta que tenga una oportunidad de hacerlo en secreto. El problema yace más bien en la naturaleza de la mente y corazón de la persona. Lo que falta es la libertad moral. No es ladrón porque roba sino que él roba porque su corazón es malvado y desea robar. Cristo dijo que del corazón salen los hurtos y otros pecados. Así que los que piensan que pueden eliminar el crimen al quitar las armas de las manos de la ciudadanía estarán tristes al descubrir que ellos matarían hasta con un destornillador. Cada persona actúa conforme a su corazón.

Ahora, ¿qué dice la Biblia respecto a la disposición del corazón? ¿Hay un solo pasaje que nos indique que unos hombres tienen disposiciones menos malas que los que rechazan a Cristo? La Biblia afirma que nuestra disposición antes de experimentar la gracia del Señor fue igual a todos los pecadores. Fuimos hijos de desobediencia como los demás Efe. 2:3. Fijémonos que aquí Pablo habla no tanto de nuestras acciones. Hay una variedad de acciones que condenan a los hombres en el juicio final. Habrá ladrones condenados; mentirosos, condenados; etc. Pero, hay algo común en todos ellos, un corazón no arrepentido e incrédulo. Para el apóstol no había ninguna diferencia dentro de nosotros que nos hizo salvarnos. Él nos dio vida cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Él nos resucitó de la muerte espiritual. Efesios 2 y de verdad todo el libro nos afirma que cada paso de nuestra salvación sucedió porque Dios hace todas las cosas conforme a su voluntad (Efesios 1:11). El énfasis de este pasaje es la voluntad soberana en la salvación de los elegidos. He aquí, una gran verdad: Dios, no nosotros, tiene libre albedrío.

Me gustaría hacer una pausa aquí para considerar la última oración. Muchos defienden el libre albedrío porque, según ellos, Dios no tiene derecho de interferir con la voluntad del hombre. Eso haría del hombre un robot o títere, controlados por la voluntad de Dios y así no serían libres los hombres. Quiero enfatizar que el hombre no es un robot y ejerce su voluntad cientos de veces cada día. Además quiero enfatizar que Dios capacita la voluntad de todos los elegidos para que voluntariamente crean en el Señor Jesucristo. No obstante, se me ocurre que los defensores de libre albedrío están dispuestos a privar a Dios de su libre albedrío. Estos hombres afirman que Dios desea salvar a todos los hombres pero su voluntad se frustra por el libre albedrío del hombre que lo rechaza (y siempre lo hará si el Espíritu no actúa). Entonces, Dios no consigue lo que quiere para que el hombre consiga lo que quiera. Tal pensamiento, hace que Dios, por lo menos en el tiempo presente, sea controlado en contra de su voluntad para hacer lo que no quiere. Pero Dios es libre, mi hermano y “todo lo que Jehová quiere, lo hace en los cielos, y el la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Salmo 135:6).

¿Con quién estamos agradecidos por nuestra fe: nosotros mismos o Dios?

El comediante Bill Cosby relata la ironía de ser padre de un atleta famoso. El padre entrena a su hijo para ser un deportista excelente. Él pasa horas con su hijo, disciplinando su cuerpo y mente. A los tres años, él niño juega a nivel de los de doce y a los doce, su hijo está frustrando a los de diez y ocho. Por fin, ese hijo está listo para jugar los deportes y sobresale. Pronto tiene una beca a una universidad. Su padre prende el televisor para ver a su hijo demostrar los talentos que él le había inculcado. Sobresale en el partido y cuando la victoria es garantizada, la cámara de televisor se enfoca sobre ese atleta. Con el índice levantado y viendo que las cámaras están enfocadas sobre él, él mira a su padre por la lente de esa cámara y dice esas palabras: “¡Hola, Mamá!”

Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo… (II de Tes.1:3).

Según Efesios 1:6, 12, 14 somos salvos para resaltar la gloria de Dios. El fin de todo decreto divino es su propia gloria. Siendo Dios, él lo ha establecido así y será así. Un poco más tarde en esta carta, Pablo nos informa:   “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

El peligro y la razón por la que tantos han pasado horas refutando esta enseñanza es porque la persona que dice que su voluntad fue el factor determinante de su salvación intenta robarle a Dios de su gloria. Dios es tanto el Autor como el Consumador de nuestra fe. Él nos dice:

Pues, mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. (I de Corintios 1:26-29). .

Me gustaría resaltar tres verdades aquí. El primero es que Dios nos escogió. Tres veces hallamos esta palabra repetida. Muchos son llamados pero pocos son escogidos. Dios escoge al pecador; el pecador no puede escoger a Dios porque Dios es odiado (Juan 3:19-20). Dios es la peor opción de su vida. Muchos odian la doctrina bíblica de la elección soberana. Ellos suavizan esta doctrina que Dios escoge a los que cooperan con Él. Pero, Él no llama a los que cooperan con él. Ciertamente, Pablo no lo consideró así. Dios lo había apartado desde el vientre de su madre y un día eficazmente lo llamó. El perseguidor de los cristianos que anhelaba destruir el cristianismo de una vez y para siempre fue escogido por Dios no porque estaba dispuesto a cooperar, sino porque así lo quiso Dios. Ciertamente, el mejor teólogo de la iglesia, el apóstol Pablo, no conocía nada de la salvación por la voluntad humana, sino que todo se debió a la gracia del Señor. Él no nos llama a la luz de lo que él sabe que haremos con la salvación ofrecida. Si fuera así, no habría consolación para nosotros que aunque perdonados seguimos tan débiles y tan inadecuados para amar y servir de una manera digna a nuestro Redentor. Si Dios por su omnisciencia nos escogiera porque él puede ver nuestra decisión para él, nos escoge por lo que haremos y así la gracia es de mérito. Hay otros que dicen que este pasaje no tiene nada que ver con la salvación sino con el servicio. Pero esto no coincide con el siguiente versículo que dice que “Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” Este pasaje tiene todo que ver con nuestra salvación, desde el principio hasta el fin.

La segunda verdad es observar a los que son escogidos. Son viles, débiles, y necios. Entonces, si Dios no me escogió debido a mi fe y obediencia, ¿por qué me escogió? Leí recientemente un libro que atribuye la elección de Dios a una necesidad. El autor decía creer en la elección pero dijo que cuando Dios necesitaba a un siervo, él escoge a uno. Casi es una blasfemia y no me consuela nada. No puedo creer que Dios me escogió porque me necesitaba para servirle a Él en Costa Rica. Me acuerdo de una fiesta navideña cuando muchos misioneros estaban hablando del ministerio y comenté inocentemente que éramos los más afortunados para servirle a Dios en esta capacidad. Seguía diciendo que Dios ciertamente no nos necesitaba. La reacción de un misionero me sorprendió cuando me replicó que Dios sí nos necesitaba. No podría vivir ni un día si yo pensara que Dios me necesita para hacer su obra. Renunciaría mañana si me enterara que fuera así. Entonces, ¿por qué nos escogió? Me encantan las palabras de Deuteronomio 7:7-8:

No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó ….

¡Qué alivio que Dios puso su mirada amorosa sobre mí, no por algo dentro de mí, sino porque libremente me amó! No hay nada más consolador para un hijo que saber que es amado a pesar de todas sus fallas, fracasos y defectos. Así nos ha amado y escogido Dios del principio hasta el fin.

Finalmente, quiero llamar su atención sobre el propósito del escoger divino: “a fin de que nadie se jacte en su presencia.” Dios escoge conforme a su voluntad salvar a personas como nosotros para que no nos jactemos. He oído a muchos cristianos menospreciar a los impíos que rechazan el evangelio. Pero, ¿por qué no lo rechazamos nosotros? La Biblia nos responde que nuestro creer nos ha sido concedido por Dios (Fil. 1:29). Dios ha producido tanto el querer como el hacer por su—no nuestra—voluntad (Fil. 2:13). ¿Qué nos hace diferentes? ¿Algo dentro de nosotros? Pablo sabiamente nos ayuda aquí diciendo, “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (I de Cor. 4:7). ¿Por qué no hemos rechazado el evangelio como tantos? La respuesta bíblica no es el libre albedrío sino el cegamiento del diablo. “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos” (II de Cor. 4:3-4). Entonces, ¿por qué vemos nosotros? ¿Por qué clamamos a que Cristo nos salvara? ¿Debido a nuestro ejercicio del libre albedrío? Nuevamente, la respuesta es negativa. La respuesta es que “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (II de Corintios 4:6). El poderoso Creador que habló y así creó el mundo entero ejerció su voluntad en hacernos ver nuestra necesidad profunda de la salvación que se halla únicamente en Jesucristo.

El conocido teólogo Juan Murray escribió un libro llamado La redención consumada y aplicada . En ese libro él dice que cada aspecto de nuestra salvación desde nuestra elección hasta nuestra glorificación venidera se debe a la gracia de Dios. Los defensores del libre albedrío, no obstante, no pueden afirmar la verdad de este título. Para ellos la salvación fue consumada, aunque solamente hipotéticamente—algo contrario a lo que Cristo dijo en la cruz—y su aplicación depende de nosotros. Me pregunto que harían estos creyentes del libre albedrío si publicara un libro, Cómo hice eficaz la obra de Cristo . ¿Comprarían los defensores del libre albedrío ese libro? ¡Jamás! Ese título priva al Señor Jesucristo de su gloria merecida. Me alegraría que estos hombres se enojaran con un libro así. Es una blasfemia. Pero, muchos de estos mismos hombres nos dirán que Cristo hizo su parte; ahora le toca a usted a escoger a Cristo. Pero, hermano, considere la gran contradicción. Si nosotros tenemos que hacer nuestra parte para ser salvo, cooperamos con Dios en procurar nuestra salvación. Y tal cosa no es salvación por gracia sino por un poquito de mérito. ¿Qué mérito tenemos? ¿Qué hemos contribuido a nuestra salvación? Me encanta la respuesta de James Boice: “solamente la maldad de nuestro pecado.”

Por ende, James Boice, junto con Martín Lutero, Jonathan Edwards, los apóstoles Juan, Pedro y amado Pablo y David, Moisés y todos los santos durante todos los siglos están unidos en cantar este himno:

Digno eres de tomar el libro y abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra (Apoc. 5:9-10).

¡Solí Deo Gloria!

Amén.

La Descendencia de Ismael

Autor: Stevan Henning

No todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. (Romanos 9:6b-8)

Mientras que muchos discuten el significado de Romanos 9, estos versículos indudablemente enseñan una verdad que todos podemos consentir. Esta verdad, concisamente expresada ,es ésta: los que son de Dios tienen su nacimiento espiritual debido a lo supernatural mientras los que no han experimentado este milagro son nada más que “los hijos de la carne.” Sobre esto la mayoría de los cristianos estarán de acuerdo.

Es cierto que muchos han opuesto la necesidad de lo milagroso para hallar la justificación, la adopción y la regeneración. Entre éstos se halla Carlos Finney cuyos métodos del evangelismo son loados y practicados por muchos hoy en día. Sin embargo, hay mucha ignorancia acerca de su filosofía. Carlos Finney dijo lo siguiente acerca de la naturaleza del avivamiento:

“Un avivamiento no es un milagro, ni depende de un milagro de ninguna manera. Es totalmente un resultado filosófico del uso correcto de los medios establecidos—tanto como cualquier otro efecto es producido por medios.”

No obstante, Finney se equivocó profundamente sobre la naturaleza milagrosa de la regeneración. Entendemos que mientras que es cierto que Dios utiliza medios para realizar Su voluntad, los medios correctos no son suficientes. Hay algo más que se necesita: un milagro divino. Entendemos que los que verdaderamente nacen de nuevo son el fruto del movimiento del Espíritu de Dios. No son el producto de la persuasión humana sino del movimiento invisible del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios no está sujeto a los medios ni los esfuerzos humanos. El obedece la voz de Dios y Su operación en la vida de los pecadores sigue la voluntad divina. Cristo describió el misterio de esta influencia divina como el entender el origen del viento.

Sin embargo, temo que la iglesia, en su fervor por ver actuar la mano de Dios y de cumplir su misión, esté dando a luz a muchos “hijos de la carne” que no tienen herencia con los hijos de la promesa. ¿Cómo y por qué está produciendo la iglesia esta generación perversa? ¿Qué debe hacer para dar a luz a los hijos de la promesa? Antes de contestar estas preguntas, es importante ver el fondo de estos versículos citados al principio de este ensayo.

Abraham fue escogido por Dios mientras él adoraba a sus ídolos (Josué 24:2-3), y Dios hizo un pacto con Abraham consistente en varias promesas: entre ellas, la promesa de un hijo. Lo interesante fue que Sarai, la esposa de Abraham, fue estéril y no pudo tener hijos. Ella correctamente atribuyó su condición a la mano soberana de Dios (Génesis 16:2), pero lo que ella y Abraham no entendieron fue que la ineficacia del vientre de Sarai para concebir no iba a frustrar la promesa de Dios.

Digo que no entendieron porque en Génesis 16 Abraham y Sarai convinieron en prestarle ayuda a Dios. ¡Que arrogantes fueron al pensar que Dios necesitaba de su ayuda! Salmo 127:3 dice, “ He aquí herencia de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre .” Sabemos bien lo que sucedió. Abraham tomó a Agar para su esposa y se acostó con ella y ella concibió. Me imagino que los humanistas del día exclamaron, “¡He aquí lo que Dios y el hombre pueden producir cuando se unen las fuerzas!” Dios, en cambio, no estuvo nada feliz con el ingenio de Sara y Abraham.

Los años pasaron y Dios volvió a visitar a Abram (Génesis 17). Dios anunció por lo menos tres cosas en este capítulo: primero el cambio de los nombres de Abram a Abraham y de Sarai a Sara; segundo, la señal externa del pacto: la circuncisión; y tercero, la pronta concepción de Sara.

Al escuchar de la concepción prometida de Sara, la Biblia nos cuenta que Abraham se rió. “¿Qué está pensando Dios?” se preguntaba dentro de sí Abraham. Y después exclamó, “Ojalá Ismael viva delante de ti.” Dios, sin embargo, no aceptó la proposición de Abraham y repitió Su promesa de un hijo que sería llamado “Isaac.”

La verdad es que Ismael no fue el hijo de la promesa. Dios no fue glorificado en la concepción de este “hijo de la carne.” La concepción de Ismael se debió a medios naturales, humanamente concebidos, y efectuados por la fuerza física, pero aun más, fueron medios pecaminosos porque fueron medios escasos de la fe. Las consecuencias de esta “ayuda” de Sara y Abraham fueron dolor, tristeza, y división familiar para todos los involucrados: Agar, Abraham, Sara, Ismael, e Isaac.

La iglesia de hoy y desde hace mucho se ha acostado espiritualmente con Agar, la esclava de Egipto, para producir simiente a Dios. Es cierto que esta prostitución está produciendo a muchos “hijos.” Sin embargo, hay algo verdaderamente triste de este yugo desigual: el linaje producido en gran parte no son hijos de la promesa, sino hijos de esclavitud. Esta unión carnal puede ser definido como el uso de los medios “naturales” para realizar fruto “milagroso.”

Yo, personalmente, tengo que luchar contra esto en casi cada área de mi vida. Es fácil preparar un sermón sin orar. Es relativamente fácil predicar y tener “éxito”, no porque el Espíritu Santo está tocando vidas, sino porque el predicador ha tocado las emociones de los oyentes por medio de relatos, chistes, gritos y lágrimas. Lo más difícil para el cristiano es ser un instrumento en las manos de Dios, esperar en El para que El cambie las vidas de los oyentes a Su tiempo. La obra del Señor hecha en las fuerzas humanas es peligrosa en las vidas de los creyentes, pero no hay nada más peligroso que la utilización de lo natural para sembrar el evangelio de Jesucristo y lograr “almas para el Señor”: algo que unos han llamado la “regeneración decisional.”

La regeneración decisional es el esfuerzo de muchos cristianos, unos sinceros y otros no, para sembrar el evangelio de Jesucristo y “cimentar” el éxito de la entrevista con “una decisión para Cristo.” Ya hemos empezado a contestar la pregunta: ¿Cómo está produciendo la iglesia a una generación perversa de hijos de la carne? La iglesia moderna ha tomado la pregunta ridícula de Nicodemo, “¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”, y ¡está intentando realizarlo!

Difícil que sea que entre un adulto en el vientre de su madre, el nacer de nuevo es aún más difícil para el hombre. Es, para expresarlo más sucintamente, imposible (Mateo 19:25-26). La regeneración es totalmente una obra de Dios. Es un milagro hecho por Su Espíritu. Ni tampoco podemos afirmar que es una cooperación entre el hombre y Dios. Es exclusivamente de El. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.”

Es una lastima que muchos sembrando un evangelio diluido, a veces sin incluir el mandamiento de “arrepentirse del pecado”, hacen que la salvación del pecador dependa de algo aparte de la fe en la persona y la obra de Jesucristo. Yo no sé cuantas veces que he preguntado a alguien, “¿cómo sabes que eres un cristiano?” y la persona me ha respondido, “porque hace mucho tiempo yo oré.”

¿Estoy diciendo que tal persona no es salva? No, no lo estoy diciendo, pero afirmo que “la carne para nada aprovecha.” Si alguien está salvo, es por medio de la fe en la obra y persona de Jesucristo. Tampoco digo que el orar es malo. Pero la oración sin la obra del Espíritu en la vida de uno no hace nada. Cristo dijo que “ el Espíritu es el que da vida .”

Nacer de nuevo es la obra eficaz del Espíritu de Dios en los hijos de la promesa. Hay tantísimos dentro y fuera de la iglesia que profesan ser cristianos pero carecen de la vitalidad de Cristo en ellos. Ellos están dispuestos a portar el nombre de Cristo mientras que no les cueste nada, pero cuando viene la aflicción, se apartan del buen camino. Cristo habló de estas personas con mucha frecuencia y nunca las consideró como los Suyos.

Una característica de éstos es que se burlan de los hijos de la promesa. Ellos, como Ismael, no aprecian el valor del cumplimiento de Dios. No entienden el concepto del discipulado, de la obediencia, del amor para el reino de Dios. Muchos están en la iglesia disfrutando de su música, sus programas, y sus mensajes, pero no están dispuestos a comprometerse a las demandas del evangelio. La demanda es “morir a si mismo, tomar su cruz cada día, y seguirle a Cristo.” La verdad es que muchos han sido convencidos que sean los hijos de Dios, pero serán, igual a Ismael, echados fuera en el día del juicio.

Sería una cosa si el origen de sus pensamientos fuera basado sobre sus malas interpretaciones de las Escrituras. Lastimosamente, no es así. Ellos son responsables por su condición, pero muchos de los que tienen la culpa son pastores, maestros de escuela dominical, y muchos laicos que quieren ver vidas cambiadas diciendo que la salvación es muy fácil y que depende de una decisión que uno toma.

Mientras que afirman que la salvación es fácil, muchos de ellos enseñan que la santificación es una cosa muchísima más difícil. Lo triste es que estas personas están negando lo que Cristo dijo una y otra vez: la salvación es imposible para el hombre natural.

Los herejes del pasado afirmaban que las obras y la fe salvan. Ellos negaron la enseñanza de Romanos 4, que Abraham fue justificado por la fe. Lastimosamente hay una nueva clase de herejes. Los herejes de nuestro día dicen que es posible “estar en Cristo” sin “ser una nueva criatura.” Estos niegan la enseñanza de Santiago 2:17-26. Santiago se preocupó por una profesión cristiana que estuvo sin demostración de las obras—el fruto que glorifica a Dios y que es parte de cada pámpano que permanece en la vid. Los herejes modernos distorsionan la santificación al decir que es opcional. Estos falsos profetas dicen que uno puede tener la seguridad de una mansión en el cielo al “aceptar a Cristo” sin mostrar fruto aquí en la tierra.

Nuestra siguiente pregunta es ¿por qué produce la iglesia hijos de la carne? Para contestar esta pregunta, debemos recordar nuevamente el relato de Abram, Sarai, y Agar. Dios había dado una promesa, pero esperar sobre Dios les fue difícil. En vez de esperar un milagro de El, ellos decidieron ayudarle a Dios. Para seres humanos, el esperar en el tiempo de Dios es sumamente difícil.

Dios también ha entregado una tarea a nosotros juntamente con una promesa: ir y predicar el evangelio haciendo discípulos. Esa es nuestra tarea, pero la promesa es igual de importante: “Estoy con vosotros.” En otras palabras la capacidad para ver éxito en este empeño depende del poder de Dios, no el nuestro. Cristo afirmó en la parábola de la vid y los pámpanos que Dios es glorificado cuando damos fruto. Lo interesante de esta enseñanza de Cristo son Sus palabras: “ Separados de mí nada podéis hacer. ” ¿Cómo podemos permanecer en Cristo? Cristo da la respuesta al enseñar de la necesidad de orar para la producción de fruto glorificante a Dios.

La oración no se contesta siempre de un día a otro. Engañados por nuestras habilidades, muchas veces actuamos sin una dependencia sobre Dios y deseando producir fruto inmediatamente, usamos muchos medios no bíblicos. Queremos asegurarnos de que nuestro trabajo no sea en vano. Queremos ver los resultados hoy y queremos sentirnos realizados en nuestros papeles como testigos del evangelio de Jesucristo.

Pero este anhelo es parte de nuestra naturaleza pecaminosa. Queremos decir lo que hemos hecho. Por supuesto, se declara que nuestra labor es “para la gloria de Dios.” Pero, la verdad es que nos sentimos bien porque Dios nos está usando. Y cuando no vemos resultados, es natural preguntarnos si hemos hecho algo mal.

No obstante, no tenemos que estudiar mucho las Escrituras para ver que la mayoría de los profetas de Dios, hombres que compartieron con sus oyentes las palabras inspiradas de Jehová no pudieron basar su utilidad en las manos de Dios sobre los resultados. Hombres como Ezequiel, Jeremías, y Elías se sintieron, a veces, desanimados en sus ministerios. Y sobre todo, tenemos el ejemplo de Jonás, un profeta rebelde, amargado, y terco, cuya predicación resultó en el arrepentimiento de 120.000 personas. ¿Fue más espiritual Jonás que Jeremías? Tal pregunta ni vale contestar, pero hay otra pregunta que vale la pena tocar en este momento: ¿tuvo Jonás más habilidad persuasiva que Jeremías? Hay muchos que atribuyen el éxito de la predicación de Jonás a las habilidades de él. Sin embargo, el testimonio del mismo profeta nos da la respuesta: “ La salvación es de Jehová. ”

Hay una segunda respuesta a la pregunta ¿por qué produce la iglesia tantos hijos de la carne? Esa respuesta es menos ofensiva que la primera pero igual de pecaminosa y peligrosa. La respuesta es la ignorancia de doctrina. Hay muchos cristianos que quieren ver salvas las almas de los corazones inconversos. Estos evangelistas aman al Señor Jesucristo y se dan cuenta de que la misión de la iglesia es el evangelismo. Pero esto es el problema. La misión de la iglesia no es el evangelismo sino la adoración. Como un escritor cristiano ha dicho, “Las misiones existen porque la adoración no existe.” Las misiones son para hoy pero un día cesarán. En cambio, la adoración es para siempre. ¿Es posible glorificar a Dios y no compartir el evangelio? Por supuesto que no. ¿Es posible compartir el evangelio y no glorificarle a Dios? Por supuesto que sí. ¿Cómo es posible testificar de Cristo sin glorificarle? Es posible cuando no predicamos todo el evangelio y cuando los motivos no son para la gloria de Dios. La Biblia nos declara que todo el plan de la salvación es “ para la alabanza de la gloria de Su gracia ” (Efesios 1:6, 12, 14).

Entonces, ¿qué es esta ignorancia? Esta ignorancia entiende principalmente que el uso de ciertos medios serán bendecidos por Dios para producir ciertos resultados. Por mucho tiempo, yo usé un método de encuestas para evangelizar. Fue fácil para tener resultados, pero después de ver cientos de decisiones sin fruto, empecé a analizar lo que hacía. Aparte del hecho que les decía a todos que yo estaba realizando una encuesta religiosa—un engaño porque nunca reportaba las respuestas de las personas a mis preguntas, solamente la cantidad de almas “salvas” ese día—este método tan popular y otros como ello facilitan varios problemas doctrinales.

En primer lugar, me di cuenta de que yo no usaba la ley legítimamente. Más bien, no usaba nada de la Ley. Sin embargo, Pablo dijo que la Ley existe según I de Timoteo 1:5-11 para convencer a los pecadores de su mal camino. Sin el conocimiento de la gran ofensa del pecado a Dios, le es imposible al inconverso comprender la expiación de Cristo por el pecado en la cruz y, por consiguiente, recibir el perdón y la justicia que Dios da al pecador arrepentido.

En segundo lugar, yo hacía que la regeneración dependiera de algo que el pecador hiciera. Esta equivocación fue un error doctrinal. Los reformadores afirmaron que la justificación es por la fe, pero negaron que la regeneración sea por la fe. La regeneración es el milagro del Espíritu cuando quita el corazón de piedra y lo reemplaza con un corazón de carne. Esta obra divina capacita al pecador recibir la Palabra y poner su fe en Cristo.

En tercer lugar, yo intentaba dar la seguridad de la salvación inmediatamente después de la entrevista. En mi opinión esto es uno de los hechos más dañinos al evangelismo que hay, puesto que hay muchos que han recibido “la seguridad de la salvación” sin ser salvos. No es que creo que el recién convertido no pueda tener la confianza de que sea salvo. Sí, lo creo pero afirmo que es el testimonio del Espíritu Santo mediante la Palabra de Dios que tiene esta responsabilidad, no el hombre que no ve el corazón.

Me acuerdo bien del versículo que yo y muchos otros citábamos para asegurarle al nuevo “convertido” de que Dios le había cambiado. I de Juan 5:13 dice, “ Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios .” Este versículo se saca fuera de su contexto cada vez que se usa sin leer los cuatro capítulos y medio que lo proceden. La meta de Juan es demostrar quienes son los que tienen “comunión con nosotros” y quienes son los que no son auténticos. El da muchas pruebas para comprobar a los que dicen ser cristianos. Entre ellas son su actitud hacia el pecado, su actitud hacia los mandamientos de Dios, su actitud hacia su hermano, y su actitud hacia Cristo.

El evangelista Jorge Whitefield, un predicador de hace dos siglos se preocupó por la seguridad de la salvación. El dijo, “La evidencia más segura de que uno ha sido justificado es una vida santa.” Whitefield fue un hombre que se preocupó por las almas, sin embargo, se dio cuenta de que la seguridad de la salvación es el testimonio del Espíritu en nosotros.

Jamás fue mi intención hacer lo que acabo de relatar de mi propia experiencia. Yo tuve un deseo para ganar almas para Cristo y dejé padre, madre, hermanas, casa y empleo porque quería ver almas convertidas al Señor. Sin embargo, esta ignorancia no es excusa y no cambia el hecho de que muchos inconversos piensan que son salvos porque ellos pidieron que Cristo les salvara sin comprender el significado de verdades indispensables para la salvación.

Llegamos a nuestra pregunta final: ¿Cómo debemos presentar el evangelio? Sobre todo, el pecador debe entender su necesidad del Señor. Cristo no es un ingrediente extra en la vida que hace que todo sea mejor. No es la solución a las dificultades económicas. El no remedia todos los problemas de un matrimonio que está al punto de disolverse. Cristo es la Solución al pecado. Todo hombre en su condición natural tiene una escopeta apuntada al rostro de Dios. Esta escopeta se llama el pecado y es una ofensa a la santidad e integridad de Dios. Donde no hay convencimiento del pecado, no habrá la visión de la necesidad de Su gracia. Los puritanos predicaron de tal modo para convencer a los oyentes de la depravación del corazón. En otras palabras, hombres como Baxter, Owens, Edwards, Whitefield y Spurgeon predicaron la inhabilidad total del hombre para agradar a Dios. Estos no solamente predicaron más energéticamente, sino que exaltaron la eficacia de la gracia. Acerca de su inhabilidad y la eficacia de la gracia, Spurgeon dijo lo siguiente:

“Supongo que hay algunas personas cuyos pensamientos se inclinan naturalmente hacia la doctrina del libre albedrío. Yo solo puedo decir que la mía se inclina tan naturalmente hacia las doctrinas de la gracia soberana. A veces, cuando veo algunos de los carácteres peores en la calle, ¡me siento como si mi corazón se reventara en lágrimas de gratitud de que Dios nunca me dejó que actuara como ellos lo han hecho! He pensado, si Dios me hubiera dejado solo, y no me hubiera tocado por Su gracia, ¡qué gran pecador hubiera sido! Yo hubiera corrido a lo largo y lo ancho del pecado, me hubiera lanzado a lo más profundo de la maldad, ni me hubiera parado en algún vicio o necedad si Dios no me hubiera detenido…Si en este momento yo no estoy sin Cristo, es únicamente porque Cristo Jesús tendría Su voluntad conmigo, y esa voluntad era que yo estuviera con Él donde Él está, y que participara de Su gloria… Yo no tomé ninguna antorcha con la cual encender el sol, sino que el sol me alumbró a mí. Yo no comencé mi vida espiritual—no, antes daba patadas, y luchaba contra las cosas del Espíritu: cuando Él me atraía, por un tiempo yo no corría detrás de Él: había un odio natural en mi alma a todo lo bueno y santo. Los galanteos eran perdidos sobre mí – los avisos eran echados al viento – los truenos eran despreciados; y en cuanto a los susurros de Su amor, eran rechazados como siendo menos que nada y vanidad. Pero, seguro estoy, que ahora puedo decir, hablando de parte de mí mismo, “Él sólo es mi salvación”. Era Él quién volteó mi corazón, y me trajo a mis rodillas delante de Él.”

Tampoco debemos esperar decisiones la primera vez que presentamos el evangelio. No digo que conversiones inmediatas son imposibles, solamente que no son la norma. Los ejemplos bíblicos nos sirven aquí. Fue Cristo que describió la salvación como un milagro diciendo que es imposible para el hombre (Mateo 19:25). Fue nuestro Autor y Consumador de la fe que dijo, “Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.” Fue Pablo que tenía la costumbre de predicar fielmente el evangelio por semanas, meses, o años en un lugar “demostrando que Jesús era el Cristo.” Y ninguno de los demás apóstoles trataron de producir conversiones al pedir una decisión por parte de los oyentes. Ellos sabían que “el hombre natural no es capaz de recibir las cosas del Espíritu.” Por eso, ellos predicaban y dejaban “los resultados al Señor.” No vemos a Pedro rogando a sus oyentes que pasaran adelante para aceptar a Cristo. Más bien lo que vemos es la predicación de la iniquidad del hombre y la salvación que hay en Jesús que produjeron la pregunta: “Varones, ¿qué haremos?” Este es el ejemplo de Pablo. Cuando él predicó a Cristo delante de Agripa y cuando Agripa declaró que casi fue convencido, Pablo no intentó a persuadir a tomar una decisión para Cristo.

Sobre todo, la Biblia dice que el éxito del evangelista depende de Dios. Es Dios que tiene que abrir el corazón para que el oyente reciba el evangelio (Hechos 16:14). La doctrina de la elección es algo que indiscutiblemente produce fricciones entre los hermanos. Hay muchos que piensan que es necio hablar de ella. ¿Es Dios necio? Por supuesto que no, sin embargo, es Dios que inventó esta doctrina y la puso en la Biblia. La mayoría de las doctrinas que aceptamos han sido discutidas durante los siglos. Entre ellos hay las doctrinas de la Trinidad , la encarnación, la resurrección, la expiación, y otros. El entendimiento de esta doctrina determinará la perspectiva de uno respecto al evangelio. Sin entrar en un análisis de esta doctrina, déjame citar el entendimiento apostólico sobre la elección. (Todas las citas son del libro de Hechos.)

hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido 1:3

Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido ,…Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles.1:24,26

Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare . 2:39

alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos . 2:47

Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida ! 11:18

Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor , y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna . 13:48

y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos , purificando por la fe sus corazones . 15:9

Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre . 15:14

Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía . 16:14

porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad. Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios. 18:10,11

Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído ; 18:27

Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. 22:14

Si creemos que la elección del hombre se determina según lo que Dios ve que el pecador hará, un evangelismo que produce decisiones es útil porque el elemento que determina quienes son salvos es la voluntad del hombre. Pero, si creemos que la elección es una determinación divina sin considerar nada en el pecador, un evangelismo que llega a los hombres con palabras persuasivas de sabiduría humana, es maligno y pernicioso. Tal “evangelio” engaña al pecador que cree que él tiene la habilidad de agradar a Dios por su decisión. Lejos de desanimarnos para predicar el evangelio, la elección es un ánimo para predicar el evangelio. Cuando Pablo llegó a Corinto, el Señor le animó en medio de las persecuciones a seguir adelante porque El tuvo “mucho pueblo” en esa ciudad. Un misionero veterano lo expresó de esta manera:

“Cuando yo era joven me costó entender la idea de la elección y dije que si yo creyera en la elección nunca podría ser un misionero. Pero después de veinte y cinco años de ver la dureza del corazón humano, digo que no podría ser misionero sin creer en la doctrina de la elección.” Citado en Let the Nations Be Glad .

La elección es la garantía de Dios de que todas las ovejas llegarán al redil. Nosotros no tenemos nada que ver con la elección ni en nuestra salvación tampoco en nuestro evangelismo. Nunca debemos preguntarnos acerca de quienes son elegidos y quienes no. Nuestra parte es ser un vaso en las manos de Dios, en particular un vaso santificado. Uno de las grandes ayudas para mí se halla en Salmo 51. David se sintió miserable por el asesinato de Urías y el adulterio, que hizo que los enemigos de Dios blasfemaran el nombre de Dios. Sus palabras son muy conocidas:

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente.

Sin embargo el siguiente versículo nos lleva a nuestro tema:

Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, Y los pecadores se convertirán a ti.

David reconocía que, por costumbre, Dios usará vasos limpios y gozosos para realizar fruto para Su honra y gloria. Que el Señor nos revele nuestra gran pecaminosidad y nos fortalezca para confesarla y dejarla. Los avivamientos siempre iniciaron con el pueblo de Dios humillándose delante de Dios por su pecado. Oh, la gran necesidad de un avivamiento moderno.

La predicación del evangelio siempre tendrá como parte de su resultado la cizaña o “los hijos de la carne.” No es necesariamente la culpa del predicador que está predicando el evangelio. Es parte del plan de Dios para la iglesia. Pero si nuestro “evangelio” incluye la idea de que “la decisión” es el momento decisivo que le impulsa a Dios actuar, habrá una abundancia de abortos en el evangelismo. Si amamos a las almas de los hombres y, aún más importante, si amamos el renombre de Dios, abramos nuestras bocas para proclamar las buenas nuevas que Jesucristo es Señor. Esto es nuestro papel, nuestra responsabilidad, nuestro privilegio, y nuestro culto a nuestro Preciosísimo Rey a quien sea la gloria ahora y por todos los siglos.

Soli Deo Gloria